A menudo damos a la originalidad un valor desmesurado y también a la novedad. No debemos pensar que nuestras ideas son mejores por ser nuevas o, lo que es peor; por ser nuestras.
Debemos apoyarnos en los demás, reconocerles sus méritos y construir sobre ellos. Hacer esto no es simplemente copiar, sino reconocer que las buenas ideas son eso, buenas. Aplicar una buena idea significa, en cierto modo, un tributo a esa idea y, de paso, a su autor.
Esto es gestionar, gestionar el conocimiento que es patrimonio de todos.