En cualquier situación sucede que para conseguir “lo mejor”, la absoluta excelencia, se ha de renunciar a otras cosas. Ocurre también que esa excelencia lleva implícitas determinadas prestaciones de las que nunca haríamos uso.
Por ejemplo: un coche provisto de un mueble bar. De hecho, ésto existe y por este “extra” podemos pensar que este coche es “el mejor” y posiblemente, lo sea, y cumpla bien con su función. Sin embargo, cabe hacerse varias preguntas al respecto:
a) ¿Es necesario tener este coche?
b) ¿Realmente necesitamos que sea tan “bueno”?
c) ¿A qué tenemos que renunciar para tenerlo?
Y no, no estamos hablando únicamente de coches. El ejemplo es extrapolable a puentes, aeropuertos y arcos de iglesia. Eso sí, mientras tanto, puede que los pasos de peatones no estén pintados y así, sucesivamente.
Por eso, en la mayoría de los casos, lo más apropiado no es, ni mucho menos, “lo mejor”. Es importante tener en cuenta que nos encontramos en un territorio en el que, dando un paso atrás en un gasto, obtenemos un margen de maniobra que habilita muchos otros; de seguro, mucho más necesarios.
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